Merece una reflexión que, en un pais con una extensa y desarrollada legislación contra la violencia contra la mujer que comprende leyes integrales y transversales que se han visto afectadas de reformas muy recientes, sigan existiendo muertes, agresiones, quebrantamientos de órdenes de alejamiento, y un largo etcétera de problemas judiciales en torno a esta cuestión, que lejos de remitir,   sigue terriblemente viva. Y prueba de su salud, es la transformación y adaptación a los nuevos parámetros sociales que los comportamientos contra la mujer están experimentando. Y para muestra,  dos botones. Por un lado, las nuevas generaciones adolescentes, educadas teóricamente lejos de los patrones machistas de épocas precedentes, están desarrollando comportamientos donde los chicos intentan ejercer un control absoluto sobre sus novias o amigas especiales,  decidiendo sobre cómo tienen que vestir, con quien pueden hablar, qué pueden hacer…y someten la voluntad de las chicas, a las que  vigilan, supervisan correspondencia y relaciones y vetan amistades a su antojo  ayudados por las nuevas tecnologías que permiten comunicación a tiempo real las 24 horas del día. Y no es esto lo más preocupante. Más lo es el sometimiento de las chicas a este mando y control por parte de los varones, que en muchas ocasiones es vivido como un acto de amor. Las Fiscalías de Menores se están viendo colapsadas por denuncias de padres de mujeres adolescentes que se ven obligados a denunciar a las parejas de sus hijas, también menores, por comportamientos machistas que no excluyen las agresiones verbales ni físicas. En muchos de esos casos, aún con la denuncia de sus padres y pruebas fehacientes de maltrato, las menores se niegan a declarar contra sus agresores, considerando que si su pareja se ha excedido ha sido por culpa de ella, porque la bofetada era merecida o por vestirse de forma inadecuada. Recuerdo un caso donde el chico menor de edad, obligaba a su novia a cambiarse de ropa al salir si consideraba que iba demasiado guapa (sus palabras eran “vestida para calentar a mis amigos”). Si ella accedía, tenía que ponerse ropa de él  si quería pisar  la calle.  Si no lo hacía, o la encerraba bajo llave o soportaba todo tipo de vejaciones  y golpes. Y si el chico actuaba así era “porque la quería mucho”.

Otra forma de nuevas manifestaciones de violencia, es a través de las redes sociales. Es fácil insultar, desprestigiar, humillar o lesionar los derechos a través de comentarios, creados a veces desde perfiles falsos o anónimos, lanzando mensajes que son borrados posteriormente dificultando a la víctima su demostración. Están proliferando como setas en otoño, la figura de colaboradores necesarios -también llamados  palmeros descerebrados  o tontos útiles-  que alaban, ensalzan y aplauden los comportamientos del maltratador y no dudan, por ignorancia, dolo o imprudencia,  en prestarle su apoyo público denostando a la víctima y sumando sus ataques a los del maltratador, sometiendo a la víctima a un acoso mediático, a un juicio paralelo público y a una revictimización secundaria. Desgraciadamente, los tribunales van mucho más lentos que la vida real, y leyes con base en legislaciones más antiguas, no llegan a tiempo a dar soluciones a la voragine de las redes sociales que avanzan a un paso demasiado rápido como para que La Justicia, con ropa larga y ojos vendados, pueda alcanzarlos, y lo más que hace es avanzar dando traspies y palos de ciego.  Aún así, no todo está perdido. Recientemente he tenido la satisfacción de conseguir una Sentencia condenatoria para un “palmero” que apoyaba a un maltratador amenazando públicamente a su víctima. La violencia contra la mujer, existe desde que el mundo es mundo. No es una cuestión de culturas, tiempos o paises. Es un fenómeno global que afecta a todo el planeta. Por otra parte, como ocurre con la ley de transformación de la energía, la violencia no se crea ni se destruye, únicamente se transforma y se adapta aprovechándose de los avances tecnológicos. Algo estamos haciendo mal, y aún queda un largo camino por delante hacia la iguadad real exenta de violencia.

Carmen Godino y Soto.